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A mí nunca me hicieron falta fotos, ni párrafos de buenos días, ni sorpresas a destiempo al salir del instituto. Nunca pensé en vivir en esas calles de las fotos, ni en compartir piso en plena ciudad. En amaneceres de domingo ni en caricias a contraluz.
Pensaba en rutina, porque siempre fui conformista contigo, y sólo pensaba en tenerte siempre, con nuestras benditas discusiones y esas malditas reconciliaciones. Y no sé si supe representar el amor con dinero, con ganas o con tiempo, lo que sí es cierto es que tú lo sabías, y yo también, y a mí con eso me bastaba.
Pero como siempre, escogiste el camino difícil, bueno quizás sea el más fácil y yo no me acabe de dar cuenta. Como cuando estás en la curva más peligrosa y de repente el viento te deja a la orilla de una recta interminable. Y nunca busqué culpables, porque siempre tuve claro que fallé, aunque no tenga ganas de contarle a mis amigos dónde, ni tampoco que tú me recuerdes el porqué lo hice. Yo siempre he creído que el perdón más difícil de conceder es el que se exige uno mismo, y quizá por eso llevo meses sin saber como salir de este punto muerto: por no concederme esa disculpa.
Y entre este enredo llegas tú con esa cara pidiendo perdón. Y a veces te mataría, pero otras juro que no soporto vivir sin que estés aquí.
Eso de que ' hay personas que no quieren quedarse, pero tampoco quieren irse para siempre. Que dan portazo pero se quedan apoyados mirando por la ventana, y cuando menos te lo esperas tiran alguna piedra, para que te acuerdes de que siguen estando ahí'. Y yo sigo pensando que ojalá nunca se te acaben las piedras, ni los motivos para no querer irte del todo, porque a estas alturas juro que no sé a dónde ir si el camino no lo miran tus ojos, y que no sabría a quién rogarle si se me acabaran las fuerzas de seguir queriéndote, muy mal, pero mucho, más que nadie.

Ojalá el tiempo encuentre en el futuro un par de renglones para nosotros.